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Los problemas que ocupan la
atención de los hombres
cambian, y no al azar, sino
en gran medida de acuerdo
con las modificadas
exigencias de la sociedad y
la economía. Como lo indican
multitud de recientes
conferencias, libros y
artículos, la función de la
radio, la letra impresa y el
film en la sociedad ha
pasado a ser un problema que
interesa a muchos y origina
la preocupación de algunos.
Este vuelco en el interés
publico parece ser el
producto de diversas
tendencias sociales.
Preocupación social por los
medios masivos de
comunicación
A muchos alarma la ubicuidad
y el poderío potencial de
los medios masivos de
comunicación. Pero hay otra
base, probablemente más
realista, para la
generalizada preocupación
por la función social de los
medios masivos de
comunicación; una base que
se vincula con los
cambiantes tipos de control
social ejercitados por
poderosos grupos de interés
en la sociedad. De manera
creciente, los principales
grupos de poder, entre los
cuales la finanza organizada
ocupa el sitio más
espectacular, han pasado a
adoptar técnicas para
manipular al público masivo
mediante la propaganda en
lugar de utilizar medios más
directos de control. La
industria ya no obliga a
niños de ocho años a atender
una máquina durante catorce
horas diarias; emprende
complejos programas de
"relaciones públicas".
Coloca grandes y llamativos
anuncios en los periódicos
del país; auspicia numerosos
programas radiales;
aconsejada por asesores de
relaciones publicas,
organiza concursos con
premios, establece
fundaciones benéficas y
respalda causas meritorias.
El poderío económico parece
haber reducido la
explotación directa pasando
a un tipo más sutil de
explotación psicol6gica,
logrado en gran medida por
la diseminación de
propaganda a través de los
medios masivos de
comunicación.
Este cambio en la estructura
del control social merece un
examen minucioso. Las
sociedades complejas están
sometidas a muchas formas
distintas de control
organizado. Hitler, por
ejemplo, hizo suyas las más
visibles y directas:
violencia organizada y
coerción masiva. En Estados
Unidos, la coerción directa
se ha minimizado. Si alguien
no adopta las convicciones y
actitudes defendidas por
algún grupo de poder -por
ejemplo, la Asociación
Nacional de Industriales-,
no se lo puede eliminar ni
encerrar en un campo de
concentración. Quienes
desean controlar las
opiniones y convicciones de
nuestra sociedad recurren
menos a la fuerza física y
más a la persuasión de
masas. El programa radial y
el anuncio institucional
actúan en lugar de la
intimidación y la coerción.
La manifiesta preocupación
por las funciones de los
medios masivos de
comunicación se basa, en
parte, en la observación
válida de que estos han
tomado la tarea de adaptar
el público masivo al status
quo social y económico.
Otra fuente de preocupación
generalizada por la función
social de los medios masivos
de comunicación aparece en
sus presuntos efectos sobre
la cultura popular y los
gustos estéticos de sus
públicos. Se aduce que, en
la medida en que la magnitud
de dichos públicos ha
aumentado, el nivel del
gusto estético se ha
deteriorado. Y se teme que
los medios masivos de
comunicación deliberadamente
provean a estos gustos
vulgarizados, contribuyendo
así a un mayor deterioro.
Probablemente estos
constituyen los tres
elementos orgánicamente
vinculados de nuestra gran
preocupación por los medios
masivos de comunicación.
Muchos temen, en primer
lugar, su ubicuidad y
poderío potencial. Ya
dijimos que éste es algo así
como un miedo indiscriminado
a un fantasmón abstracto,
miedo que deriva de la
inseguridad en la posición
social y en valores
débilmente sostenidos. La
propaganda parece
amenazante.
En segundo lugar, existe
preocupaci6n por los
actuales efectos de los
medios masivos de
comunicación en sus enormes
públicos, en particular la
posibilidad de que el
continuo embate de dichos
medios pueda conducir a la
renuncia incondicional de
las facultades críticas y a
un irreflexivo
inconformismo.
Por ultimo, existe el
peligro de que estos
instrumentos de comunicación
masiva, tecnólogicamente
avanzados, constituyan un
cauce fundamental para el
deterioro de los gustos
estéticos y de los cánones
de cultura popular. Y
también hemos dicho que
existe una base sustancial
para la preocupación por
estos efectos sociales
inmediatos de los medios
masivos de comunicación.
Reseñar el estado actual del
conocimiento concreto acerca
de la funci6n social de los
medios masivos de
comunicación y sus efectos
sobre la comunidad
norteamericana contemporánea
es una tarea ingrata, ya que
es notablemente escaso el
conocimiento verificado de
este tipo. No puede hacerse
mucho más que explorar la
índole de los problemas
mediarte métodos que, en el
trascurso de muchas décadas,
proporcionaran en definitiva
el conocimiento que
buscamos. Aunque este
preámbulo no es nada
alentador, ofrece un
contexto necesario para
evaluar las conclusiones
investigativas y tentativas
de quienes nos interesamos
profesionalmente por el
estudio de los medios
masivos de comunicaci6n. Un
somero examen sugerirá lo
que sabemos, lo que
necesitamos saber, y ubicará
las cuestiones estratégicas
que requieren mayor estudio.
Indagar los efectos de los
medios masivos de
comunicación en la sociedad
es abordar un problema mal
definido. Resulta útil
distinguir tres facetas del
problema y examinar cada una
por turno. Averigüemos
entonces, en primer lugar,
qué sabemos sobre los
efectos de la existencia de
estos medios masivos de
comunicación en nuestra
sociedad. En segundo lugar,
deberemos examinar los
efectos de la particular
estructura de propiedad y
operación de los medios
masivos de comunicaci6n en
Estados Unidos, una
estructura que difiere
apreciablemente de la que se
encuentra en otras partes. Y
por último, consideraremos
ese aspecto del problema que
atañe más directamente a los
métodos y tácticas que
gobiernan el uso de estos
medios para fines sociales
definidos: nuestro
conocimiento acerca de los
efectos de los contenidos
particulares diseminados a
través de los medios masivos
de comunicaci6n.
Función social de la
maquinaria de los medios
masivos de comunicación
¿Qué función puede asignarse
a los medios masivos de
comunicación en virtud del
hecho de que existen? ¿Que
implicaciones tienen un
Hollywood, una Radio City,
una empresa Time-Life-Fortune
para nuestra sociedad? Estos
interrogantes, por supuesto,
sólo pueden ser analizados
en términos especulativos y
aproximados, ya que no es
posible ninguna
experimentación ni estudio
comparativo riguroso. Las
comparaciones con otras
sociedades carentes de estos
medios masivos de
comunicación serían
demasiado toscas para rendir
resultados decisivos, y las
comparaciones con una época
anterior en la sociedad
norteamericana implicarían
también afirmaciones
generales en lugar de
demostraciones precisas. En
un caso así, es claramente
aconsejable ser conciso. Y
las opiniones deben ser
moderadas por la cautela.
Nuestro juicio provisorio es
que la función social
cumplida por la existencia
misma de los medios masivos
de comunicación ha sido
comúnmente sobreestimada.
¿En qué se basa este juicio?
Es evidente que los medios
masivos de comunicación
llegan a públicos enormes.
Aproximadamente setenta
millones de norteamericanos
concurren cada semana al
cine; nuestra circulación
diaria de periódicos es de
unos cuarenta y seis
millones; unos treinta y
cuatro millones de hogares
norteamericanos están
equipados con radio, y en
dichos hogares el
norteamericano medio escucha
radio durante unas tres
horas diarias. Estas son
cifras formidables. Pero se
trata simplemente de cifras
sobre aprovisionamiento y
consumo, no de cifras que
registren el efecto de los
medios rnasivos de
comunicación. Atañen
únicamente a lo que la gente
hace, no al impacto social y
psicológico de los medios
masivos de comunicación.
Saber cuántas horas mantiene
alguien la radio encendida
no da ningún indicio sobre
el efecto que en él ejerce
lo que oye. El conocimiento
de datos sobre consumo en el
campo de los medios masivos
de comunicaci6n esta todavia
muy lejos de una
demostraci6n de su efecto
neto sobre la conducta, la
actitud y los puntos de
vista.
Como se indicó hace un
instante, no podemos
recurrir a experimentos
comparando la sociedad
norteamericana contemporánea
con y sin medios masivos de
comunicación. Pero, aunque
provisoriamente, podemos
comparar su efecto social
con el del automóvil,
digamos. No es improbable
que la invención del
automóvil y su evolución
hasta convertirse en un
artículo de propiedad masiva
ha tenido un efecto
significativamente mayor
sobre la sociedad que la
invención de la radio y su
evolución hasta convertirse
en un medio de comunicación
masiva. Ténganse en cuenta
los complejos sociales a los
que se ha incorporado el
automóvil. Su mera
existencia ha ejercido
presión para que haya
caminos muy perfeccionados,
con los cuales la rnovilidad
ha aumentado enormemente. La
forma de las aglomeraciones
metropolitanas fue
significativamente afectada
por el automóvil. Y cabe
decir que las invenciones
que amplían el radio de
movimiento y acción ejercen
una influencia mayor sobre
la perspectiva social y los
hábitos cotidianos que las
invenciones que proporcionan
directivas a las ideas...
ideas que pueden ser
evitadas alejándose de
ellas, eludiéndolas,
resistiéndolas, y
trasformadas, asimilándolas.
Aceptado, por el momento,
que los medios masivos de
comunicaci6n cumplen una
funci6n relativamente
secundaria en cuanto a
conformar nuestra sociedad,
¿por qué son objeto de tanta
preocupaci6n y crítica
populares? ¿Por qué tantas
personas se afanan por los
"problemas" de la radio, el
cine y la prensa y tan pocas
por los problemas, digamos,
del automóvil y el avión?
Además de las fuentes de
esta preocupación que
señalamos anteriormente,
existe una base psicológica
inconsciente que deriva de
un contexto sociohist6rico.
Muchos hacen blanco de
crítica hostil a los medios
masivos de comunicación
porque se sienten burlados
por el desarrollo de los
acontecimientos.
Quizá los cambios sociales
atribuibles a los
"movimientos reformadores"
sean lentos y tenues, pero
lo cierto es que son
acumulativos. Los hechos
visibles son bastante
conocidos. La semana laboral
de sesenta horas ha sido
remplazada por la de
cuarenta horas; se ha
limitado gradualmente el
trabajo infantil; con todas
sus deficiencias, la
educaci6n universal gratuita
se fue institucionalizando
gradualmente. Estos y otros
avances registran una serie
de victorias de los
reformadores. Y ahora la
gente tiene más tiempo
libre. Tiene,
ostensiblemente, mayor
acceso a la herencia
cultural Y, ¿qué uso hace de
este tiempo no hipotecado,
tan trabajosamente obtenido
para ella? Escucha la radio
y va al cine. Estos medios
masivos de comunicación
parecen haber burlado a los
reformadores, en cierto
modo, el fruto de sus
victorias. La lucha por la
libertad, el tiempo libre,
la educación popular y la
seguridad social fue
conducida en la esperanza de
que, una vez liberada de
yugos opresivos, la gente
aprovecharía los grandes
productos culturales de
nuestra sociedad:
Shakespeare o Beethoven, o
acaso Kant. En cambio, va en
busca de Faith Baldwin,
Johnny Mercer o Edgar Guest.
Muchos se sienten estafados
en su recompensa. Esto se
parece a la primera
experiencia de un joven en
el dificultoso ámbito del
amor primerizo. Hondamente
cautivado por los encantos
de su amada, ahorra su
asignaci6n durante semanas
hasta que logra regalarle
una hermosa pulsera. A ella
le resulta "simplemente
divina"... tanto que sin más
ni más hace una cita con
otro muchacho para lucir su
nueva chuchería.(¡!?)
Nuestras luchas sociales han
tenido un desenlace similar.
Hay quienes lucharon durante
generaciones para dar más
tiempo libre a la gente, que
ahora lo dedica a la
Columbia Broadcasting System
y no a la Universidad de
Columbia.
Por poco que esta sensación
de haber sido traicionados
pueda explicar las actitudes
vigentes hacia los medios
masivos de comunicación,
puede señalarse una vez más
que quizá la mera presencia
de estos no afecte nuestra
sociedad tan profundamente
como se supone en general.
Algunas funciones sociales
de los medios
Continuando con nuestro
examen de la funci6n social
que se puede atribuir a los
medios masivos de
comunicación en virtud de su
"mera existencia", hacemos
temporaria abstracci6n de la
estructura social en que se
sitúan. No tenemos en
cuenta, por ejemplo, los
diversos efectos de los
medios masivos de
comunicación bajo distintos
sistemas de propiedad y
control, un importante
factor estructural que será
analizado posteriormente.
Sin duda alguna, los medios
masivos de comunicaci6n
sirven muchas funciones
sociales que merecen ser
objeto de una sostenida
investigaci6n. De dichas
funciones, tenemos ocasión
de advertir sólo tres.
Funcíón conferidora de
status
Los medios masivos de
comunicación confieren
status a acontecimientos
públicos, personas,
organizaciones y movimientos
sociales.
Tanto la experiencia común
como las investigaciones
atestiguan que la reputación
social de personas o
programáticas sociales se
elevan cuando logran
atención favorable en los
medios masivos de
comunicación. En muchos
sectores, por ejemplo, se
considera importante que el
Tímes de apoyo a un
candidato político o a un
programa público; se
interpreta este apoyo como
una inequívoca ventaja para
el candidato o el programa.
¿Por qué?
Los medios masivos de
comunicación otorgan
prestigio y realzan la
autoridad de individuos y
grupos legitimizando su
status. Ser reconocido por
la prensa, la radio, las
revistas o los noticieros
atestigua que se ha
triunfado, que se es lo
bastante importante como
para haber sido distinguido
entre las vastas masas
anónimas, que la conducta y
las opiniones de alguien son
tan importantes que exigen
la atenci6n del público. Se
puede presenciar muy
vívidamente cómo opera esta
funci6n conferidora de
status en la pauta
publicitaria según la cual
"personas destacadas"
recomiendan un producto. En
vastos círculos de la
población (aunque no dentro
de ciertas capas sociales
selectas), tales
recomendaciones no sóio
subrayan el prestigio del
producto sino que también
reflejan prestigio en la
persona que formula esas
recomendaciones. Anuncian
públicamente que el grande y
poderoso mundo del comercio
lo considera poseedor de un
status lo bastante alto como
para que su opinión importe
a mucha gente. En una
palabra: su recomendaci6n
testimonia su propio status.
La encarnación ideal, aunque
doméstica, de esta pauta
circular de prestigio,
aparece en la serie Lord
Calvert de avisos que giran
alrededor de "Hombres
distinguidos". La firma
comercial y el
comercializado fiador del
mérito del producto inician
una serie interminable de
alabanzas recíprocas. De
hecho, un hombre distinguido
congratula a un distinguido
whisky, el cual, a través
del fabricante, congratula
al hombre distinguido por
serlo tanto que se lo busca
para que recomiende la
distinci6n del producto. Es
posible que el
funcionamiento de esta
sociedad de mutua admiración
sea tan i1ógico como eficaz.
Es evidente que los públicos
de los medios masivos de
comunicación suscriben la
creencia circular: "Si
alguien es realmente
importante, estará en el
centro de la atenci6n
masiva, y si alguien está en
el centro de la atención
masiva, no cabe duda de que
realmente debe ser
importante".
Esta función conferidora de
status se incorpora así a la
acci6n social organizada
legitimando programas,
personas y grupos elegidos
que reciben el apoyo de los
medios masivos de
comunicaci6n. Tendremos
ocasión de señalar el
funcionamiento detallado de
esta funci6n al referirnos a
las condiciones que permiten
la máxima utilización de los
medios masivos de
comunicaci6n para fines
sociales designados. Por el
momento. habiendo examinado
la función conferidora de
status, consideremos otra:
la imposición de normas
sociales a través de los
medios masivos de
comunicaci6n.
Imposición de normas
sociales
Frases hechas como "el poder
de la prensa" (y de otros
medios masivos de
comunicación) o "el
resplandor de la
publicidad", se refieren
presumiblemente a esta
funci6n. Es posible que los
medios masivos de
comunicaci6n estimulen la
acción social organizada
"denunciando" situaciones
que contradicen la moralidad
pública, pero no se debe
presuponer prematuramente
que esta pauta consiste
simplemente en dar a conocer
con amplitud estas
desviaciones. A este
respecto tenemos algo que
aprender de las
observaciones de Malinowski
entre sus queridos
habitantes de las Islas
Trobriand. Allí, según
informa no se efectúa
ninguna acción organizada
con respecto a una conducta
desviada de una norma social
a menos que haya un anuncio
público de esa desviación.
No se trata simplemente de
poner a los individuos del
grupo al corriente de los
hechos en cuestión. Es
posible que muchos hayan
estado privadamente al tanto
de estas desviaciones (por
ejemplo, incesto entre los
trobriandeses, como
corrupción política o
financiera, prostitución,
juegos de azar entre
nosotros), pero que no hayan
reclamado acción publica.
Pero cuando las desviaciones
de conducta se hacen
simultáneamente públicas
para todos, esto pone en
movimiento tensiones entre
lo "privadamente tolerable"
y lo "públicamente
reconocible".
El mecanismo de la denuncia
pública parecería funcionar
aproximadamente de la manera
siguiente. Muchas normas
sociales resucitan
inconvenientes para
individuos de la sociedad.
Actúan contra la
gratificaci6n de
aspiraciones e impulsos.
Como las normas pueden
resultar gravosas para
muchos, hay cierta
indulgencia al aplicarlas,
tanto a uno mismo como a
otros. Por eso surge la
conducta desviada y la
tolerancia pública de estas
desviaciones. Pero esto
puede continuar sólo
mientras no se esté en
situación de tener que tomar
posición en público a favor
o en contra de las normas.
La publicidad, la compulsiva
admisión por miembros del
grupo de que estas
desviaciones han tenido
lugar, requiere que cada
individuo tome tal posición.
Debe alinearse entre los
inconformistas, proclamando
así su repudio de las normas
grupales y afirmando así que
él también está fuera del
marco moral, o bien,
cualesquiera que sean sus
predilecciones privadas,
debe acatar apoyando la
norma. La publicidad cierra
la brecha entre "actitudes
privadas" y "moralidad
pública".
La publicidad ejerce presión
para una moralidad única y
no dual impidiendo que se
eluda la cuesti6n de modo
permanente. Suscita
reafirmación pública y
aplicación (aun esporádica)
de la norma.
En una sociedad de masas,
esta función de denuncia
pública está
institucionalizada en los
medios masivos de
comunicación. Los diarios,
la radio y las revistas
denuncian a la vista del
público desviaciones bien
conocidas y por lo general
esta denuncia obliga a
cierto grado acción pública
contra lo que se ha tolerado
en privado. Los medios
masivos de comunicación
pueden, por ejemplo,
introducir serias tensiones
en la "discriminación racial
cortés" llamando la atención
del público hacia estas
prácticas que contradicen
las normas de no
discriminación. A veces los
medios masivos de
comunicaci6n pueden
organizar las actividades de
denuncia convirtiéndolas en
una "cruzada".
Estudiando las cruzadas
emprendidas por los medios
masivos de comunicación se
podría avanzar mucho en el
sentido de dar respuesta a
interrogantes fundamentales
acerca de la relación de
dichos medios con la acción
social organizada Es
esencial saber, por ejemplo,
en qué medida la cruzada
proporciona un centro
organizativo para individuos
que, en otros aspectos, no
están organizados. Es
posible que la cruzada obre
de modo distinto entre los
diversos sectores de la
poblaci6n. En algunos casos,
quizá su efecto fundamental
no sea tanto suscitar una
ciudadanía indiferente como
alarmar a los acusados,
conduciéndolos a medidas
extremas que, a su vez, los
malquistan con el
electorado. La publicidad
puede inquietar tanto al
trasgresor, que lo obligue a
huír, así ocurrió por
ejemplo, con algunos de los
principales secuaces de la
pandilla Tweed al ser
denunciados por el New York
Times. Es posible también
que los principales
culpables de la corrupción
teman la cruzada debido
solamente al efecto que
prevén sobre el electorado.
Por eso, con una evaluaci6n
asombrosamente realista de
la conducta de su electorado
en cuanto a las
comunicaciones, el jefe
Tweed comentó irritado,
refiriéndose a las mordaces
caricaturas de Thomas Nast
en Harper's Weekly:"Me
importan un bledo esos
artículos periodísticos: mis
votantes no saben leer, pero
no pueden dejar de ver esos
malditos dibujos" .
Tal vez la cruzada inf1uya
en el público de manera
indirecta. Es posible que
centre la atención de una
ciudadanía hasta entonces
aletargada -que se ha vuelto
indiferente a través de la
familiaridad con la
corrupción reinante- en
algunas cuestiones
simplificadas
dramáticamente. Como señaló
una vez Lawrence Lowell
refiriéndose en general a
estos problemas, las
complejidades suelen inhibir
la acción de masas. Las
disyuntivas públicas deben
ser definidas en
alternativas sencillas, en
términos bien contrastados
para que sea posible la
acción pública organizada. Y
esta presentaci6n de
alternativas sencillas sea
una de las principales
funciones de la cruzada. Es
posible que abarque también
otros mecanismos. Aunque el
gobierno municipal no sea
totalmente limpio, rara vez
es totalmente corrupto.
Generalmente hay algunos
miembros escrupulosos de la
administración y la
sindicatura entreverados con
sus colegas faltos de
principios. La cruzada puede
fortalecer a los elementos
probos del gobierno, obligar
a pronunciarse a los
indiferentes y debilitar a
los corruptos. Por último,
es muy posible que una
cruzada victoriosa
ejemplifique un proceso
circular autosostenido en el
cual, la preocupación de los
medios masivos de
comunicación por el interés
público coincide con su
propio interés. Quizá la
cruzada triunfante aumente
el poderío y el prestigio
del medio masivo de
comunicación, volviéndolo
con ello a su vez más
formidable en posteriores
cruzadas, que si logran
éxito, pueden impulsar más
aún su poderío y prestigio.
Cualquiera que sea la
respuesta a estos
interrogantes, es evidente
que los medios masivos de
comunicaci6n sirven para
reafirmar normas sociales
denunciando a la vista del
publico las desviaciones
respecto de dichas normas.
Estudiando la gama
particular de normas así
reafirmadas se obtendría un
claro índice de la medida en
la cual estos medios encaran
problemas periféricos o
centrales de la estructura
de nuestra sociedad.
La disfunción narcotizante
Evidentemente, tanto la
función conferidora de
status como la reafirmadora
de normas sociales son bien
reconocidas por quienes
manejan los medios masivos
de comunicación. Como otros
mecanismos sociales y
psicológicos, estas
funciones se prestan a
diversas formas de
aplicación. Conocer estas
funciones es poder, y el
poder puede ser utilizado
para intereses especiales o
para el interés general.
Otra consecuencia social de
los medios masivos de
comunicación ha quedado
inadvertida en gran medida,
a1 menos ha merecido pocos
comentarios exp1ícitos, y no
ha sido puesta
sistemáticamente en uso para
favorecer obje tivos
planificados. Se la puede
llamar la disfunción
narcotizante de los medios
masivos de comunicación. Se
la denomina disfuncional en
vez de funcional, basándose
en la presunción de que no
corresponde al interés de la
moderna sociedad compleja
tener grandes masas de la
población políticamente
apáticas e inertes. ¿Como
actúa este mecanismo no
planificado?
Algunos estudios dispersos
han indicado que los
norteamericanos dedican un
tiempo cada vez mayor a los
productos de los medios
masivos de comunicación Con
nítidas variaciones en
distintas regiones y entre
diversas capas sociales, lo
que vierten los medios
masivos de comunicaci6n
presumiblemente permite al
norteamericano del siglo XX
mantenerse al día con el
mundo. Se sugiere, sin
embargo, la posibilidad de
que este vasto
aprovisionamiento de
comunicación no suscite sino
una preocupaci6n superficial
sobre los problemas de la
sociedad, y de que tras esta
superficialidad se oculte
con frecuencia una apatía de
masas.
Es posible que recibir este
aluvión de información sirva
para narcotizar y no para
estimular al lector u oyente
medio. Leyendo y escuchando
durante lapsos crecientes,
dispone de cada vez menos
tiempo para la acción
organizada, El individuo lee
descripciones de problemas y
disyuntivas, y es posible
incluso que analice líneas
de acción alternativas. Pero
esta conexión algo
intelectualizada, algo
remota, con la acción social
organizada no es activada.
E1 ciudadano interesado e
informado puede felicitarse
por la magnitud de sus
intereses e intormaci6n,
omitiendo advertir que se ha
abstenido de decidir y
actuar. En resumen:
interpreta su contacto
secundario con el mundo de
la realidad política , el
hecho de leer, escuchar y
pensar, como una actuación
delegada. Llega a confundir
el saber sobre problemas del
momento con el hacer algo
respecto de ellos. Su
conciencia social queda
inmaculadamente limpia. Está
preocupado. Está informado.
Y tiene toda clase de ideas
en cuanto a lo que se
debería hacer, pero una vez
que ha consumido su cena,
una vez que ha escuchado sus
programas radiales favoritos
y una vez que ha leído su
segundo diario del día, es
realmente hora de acostarse.
A este peculiar respecto, se
puede incluir a las
comunicaciones masivas entre
los narcóticos sociales más
respetables y eficaces.
Quizá sean tan plenamente
eficaces que impidan al
adicto reconocer su propio
mal.
Es evidente que los medios
masivos de comunicación han
elevado el nivel de
información de vastas
poblaciones. No obstante, y
al margen de la intención,
es posible que las
crecientes dosis de
comunicaciones masivas estén
transformando
inadvertidamente las
energías de los hombres, de
participación activa en
saber pasivo.
La existencia de esta
distinción narcotizante es
indudable, pero aun falta
determinar en que medida
opera. Investigar este
problema sigue siendo una de
las muchas tareas que aún se
presentan al estudioso de
las comunicaciones masivas.
Estructura de la propiedad y
control de los «mass-media»
Hasta aquí hemos considerado
los medios masivos de
comunicación haciendo
abstracción de su
incorporación a una
determinada estructura
social y económica. Pero es
evidente que los efectos
sociales de los medios
masivos de comunicación
varían con el sistema de
propiedad y control. Por
eso, examinar los efectos
sociales de los medios
masivos de comunicación
norteamericanos es abordar
únicamente los efectos de
aquellos como empresas de
propiedad privada,
administradas en función de
la ganancia. Es bien sabido
que esta circunstancia no es
inherente a la índole
tecnológica de los medios
masivos de comunicación. En
Inglaterra, por ejemplo-sin
mencionar a Rusia- la radio
es, en todos los aspectos y
para todas las finalidades,
propiedad del gobierno, que
la controla y maneja.
La estructura del control es
totalmente distinta en
Estados Unidos. Su
característica principal
deriva de esta
circunstancia: salvo en
cuanto al cine y los libros,
no es el lector de revistas,
el oyente de radio ni, en
gran medida, el lector de
diarios quien mantiene a la
empresa, sino el anunciador.
Las grandes empresas
financian la producción y
distribución de los medios
masivos de comunicación. Y
al margen de toda intención,
quien paga a la orquesta es
generalmente el que impone
el repertorio.
Conformismo social
Dado que los medios masivos
de comunicación son
sustentados por grandes
empresas comerciales
inscriptas en el sistema
social y económico vigente,
dichos medios contribuyen al
mantenimiento de ese
sistema. Esta contribución
no aparece únicamente en la
eficaz publicitación del
producto ofrecido por el
patrocinador. Se desprende,
más bien, de la típica
presencia en los relatos de
las revistas, programas de
radio y columnas
periodísticas, de algún
elemento de confirmación,
algún elemento de aprobación
de la actual estructura de
la sociedad. Y esta
permanente reafirmación
subraya el deber de aceptar.
En la medida en que los
medios de comunicaci6n de
masas han tenido una
influencia sobre su público,
ésta ha surgido no sólo de
lo que se dice, sino, más
importante, de lo que no se
dice. Es que éstos medios no
sólo afirman permanentemente
el status quo sino que, en
igual medida, omiten
suscitar cuestiones
esenciales sobre la
estructura de la sociedad.
Con ello, guiando hacia el
conformismo y proporcionando
muy poca base para alguna
evaluaci6n critica de la
sociedad, los medios masivos
de comunicación con
patrocinio comercial traban
de modo indirecto, pero
eficaz, el só1ido desarrollo
de una perspectiva
auténticamente crítica.
Afirmar lo que antecede no
implica desconocer los
artículos periodísticos o
programas radiales
ocasionalmente críticos.
Pero estas excepciones son
tan escasas, que se pierden
en el torrente arrollador de
materiales conformistas. El
doctor Lyman Bryson, por
ejemplo, ha venido emitiendo
un programa semanal donde
evalúa crítica y
racionalmente problemas
sociales en general, y la
instituci6n de la radio en
particular. Pero estos
quince minutos en que el
señor Bryson aborda tales
cuestiones por una sola
cadena constituye una gota
infinitésimamente pequeña en
el torrente semanal de
materiales provenientes de
cuatro grandes cadenas, de
unas quinientas setenta
estaciones no adheridas, de
centenares de revistas y de
Hollywood.
Dado que nuestros medios
masivos de comunicación con
patrocinio comercial
promueven una fidelidad en
gran medida irreflexiva a
nuestra estructura social,
no se puede confiar en que
obren a favor de cambios,
asi sean pequeños en dicha
estructura. Es posible
enumerar algunos
acontecimientos que indican
lo contrario, pero que al
ser examinados con atención
resultan ser ilusorios. Es
posible que un grupo
comunitario como la
Asociación de Padres y
Maestros solicite al
productor de una serie
radial que introduzca en el
programa el tema de las
actitudes de tolerancia
racial. Si el productor
piensa que ese tema no es
peligroso, que no disgustará
a ningún sector sustancial
de su público, quiz |