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Enrique Alcat
Consultor de Comunicación. Especialista en
gestión de crisis. Autor del libro Y ahora
¿qué? (claves para gestionar una crisis y
salir fortalecido).
El presidente de un influyente semanario
económico estadounidense solía repetir una y
otra vez que las principales actividades a
las que debe dedicarse el máximo responsable
de una empresa son la planificación
estratégica y la comunicación. La realidad
es que tan sólo, y en el mejor de los casos,
el máximo dirigente de la organización se
dedica al primer supuesto. El segundo, el de
la comunicación, todavía sigue siendo
ciencia ficción en muchas compañías, que
reducen su actividad a varias notas de
prensa al año, una comida con periodistas,
la organización de un evento o la inserción
publicitaria en algún medio.
La comunicación es una herramienta básica en
la gestión de cualquier compañía, por lo que
éstas deberían contar con profesionales
especializados que conozcan los entresijos y
el lenguaje específico de la comunicación
empresarial y corporativa. Pocos discuten
hoy día la importancia de un director
financiero, de un director de marketing o de
producción en cualquier organización
medianamente profesionalizada, pero son
también pocas las empresas que reconocen la
necesidad y el valor de una buena estrategia
de comunicación.
La comunicación es fundamental para resolver
o minimizar el impacto de cualquier crisis.
La imagen, lo que percibe el consumidor o el
mercado, es una suma de acciones y un cúmulo
de detalles que es preciso conocer para
poder gestionar adecuadamente cualquier
situación conflictiva. Una decisión errónea,
un titular periodístico, puede terminar con
el trabajo de muchos años y con el crédito
ganado a pulso día a día.
El 95 por ciento de las empresas, tarde o
temprano, suelen sufrir una crisis a lo
largo de su existencia con efectos negativos
en su imagen pública, en su credibilidad y,
también en su cuenta de resultados. Pero tan
sólo el 10 por ciento de las compañías que
padecen algún problema grave aprovechan esta
circunstancia para corregir errores, sacar
conclusiones y, además, salir fortalecidas.
El cierre de una planta, los recortes de
personal, la retirada del mercado de un
producto defectuoso (o no), la contaminación
ambiental, el robo de información
privilegiada, la corrupción como forma de
gestión, las fusiones empresariales, los
expedientes de regulación de empleo, las
deslocalizaciones, un fallo humano con
consecuencias para la salud o seguridad de
los consumidores y un largo etcétera son
situaciones de crisis susceptibles de dar
lugar a noticias en los medios que afectan
por igual a empresas familiares, pequeñas y
medianas compañías y multinacionales, y que
requieren la intervención de los
responsables de las empresas.
Algunos de estos dolorosos acontecimientos
están contemplados en los planes de negocio,
pero casi siempre las crisis llegan sin
previo aviso y cogen por sorpresa a propios
y extraños. Los directivos, los empresarios,
los últimos responsables en definitiva viven
el día a día de su actividad empresarial
convencidos que este tipo de desgracias sólo
ocurren a otros, y “que a ellos eso jamás
les ocurrirá”. Mayúsculo error porque “eso”
ocurre y lo hace todos los días.
¿Pero, están preparadas nuestras empresas
para hacer frente, con garantías, a una
crisis? La respuesta suele ser negativa por
muy optimista que se quiera ser. Ese “no” es
contundente. Lo podemos comprobar, cada día,
en los medios de comunicación que nos
informan de sucesos que hacen temblar los
cimientos de todo tipo de empresas e
instituciones.
¿Cómo prepararnos para algo que no sabemos
cuándo, cómo ni dónde ocurrirá? Prevención
es la palabra clave. Prevención significa
tener todos los escenarios posibles
planteados y planificadas las actuaciones en
función de estos distintos posibles
escenarios. Prevención significa no dejar la
gestión a la improvisación o a las ideas
brillantes del momento del directivo de
turno cuando una empresa se encuentra
inmersa en una crisis.
La mayoría de las empresas, cuando tienen la
crisis encima de la mesa, reaccionan con
nerviosismo y sin método. Y, además, tienden
a no recapacitar, a buscar culpables, a no
dejarse asesorar por las personas que
entienden y, por si fuera poco, a gestionar
la crisis en solitario. La profesionalidad
pasa por tener preparado, de antemano, un
equipo gestor de crisis y un manual de
procedimientos donde se especifique qué se
debe hacer, quién debe hacerlo y cómo tiene
que gestionarse.
“Está reunido”
La elección de los portavoces adecuados, la
elaboración y actualización de los mensajes
claves, la escenificación de todos los
supuestos posibles son algunas de las
medidas preventivas que toda empresa debe
tener si quiere afrontar con éxito una
crisis. Y, además, los cursos en formación
de comunicación o simulacros de crisis.
El “está reunido” o “no tengo nada que
decir” debe desterrarse por completo y
asumir, con rigor y profesionalidad,
cualquier situación de crisis. Ante una
crisis, sea cual fuere, es mejor comunicar,
aunque sea poco, que negarse a hablar. Y,
por descontado, no mentir. Cuantas crisis se
pudieron haber reconducido a tiempo si,
simplemente, los directivos no hubieran
caído en el recurso fácil y contraproducente
de mentir…
Hay que ser diligente en las acciones a
realizar. Aunque es importante no
precipitarse no lo es menos ser consciente
que en las crisis el tiempo transcurre más
rápido que de costumbre y todos los
afectados esperan soluciones eficaces e
información veraz a la mayor brevedad
posible.
Se debe evitar culpar a las víctimas, pedir
dimisiones o buscar rápidamente un
responsable de lo ocurrido sin contrastar
las informaciones y anteponiendo otro tipo
de intereses antes que la verdad. Siempre se
debe decir la verdad. La mentira nunca es
rentable y en toda situación de crisis,
tarde o temprano, se sabe la verdad. La
verdad, además, genera siempre buena
reputación y a la postre beneficios
económicos.
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