Tuve la
sensación de que me sería difícil entrar en
esta selva conceptual. A la vez, me hizo
pensar en las palabras que usamos con cierta
vaguedad, en las consecuencias que eso trae.
Por eso, cuando hablo del imperio de lo
trivial, tal vez lo que quiera decir es que
estamos viviendo bajo el imperio de las
palabras intrascendentes, en una época
signada por la pérdida de significación de
las palabras. Tal vez en esto se resume
nuestro drama: las palabras han perdido
peso, las palabras no significan. Y que las
palabras pierdan peso, que dejen de ser
significativas, tiene que ver con la pérdida
de la memoria de la significación de las
palabras.
La memoria es
un acto ético; la memoria es el acto por el
cual los hombres se hacen responsables de la
palabra. Si es un acto, es un hecho activo,
lo cual se opone a cierta idea de que la
memoria es una especie de receptáculo. Y si
es, según el enunciado precedente, el acto
por el cual los hombres se hacen
responsables de la palabra, ese responsable
carga una ética, una moralidad, una moral
hacia sí y hacia el mundo.
En la tradición
judía, en el Viejo Testamento -y por lo
tanto también en toda la tradición cristiana
que tiene su sustento en aquellos viejos
libros sagrados- hay un concepto, un
mandamiento, que está por encima de todos
los mandamientos: no olvidar. Quienes
frecuenten algunos de estos textos podrán
verificarlo: “no olvides”, “recuerda”, se
repite incansablemente. En el año 70, o sea,
hace dos mil años, la destrucción del
Segundo Templo en Jerusalén significó el
comienzo de la diáspora. En aquellos años,
el rabino Yojanan Benzaccai pidió
autorización a las autoridades romanas para
instalar una escuela. En esta escuela
-situada en Yabneh- lo que se hacía era
recordar.
Recordar las
enseñanzas sagradas. En realidad la historia
del judaísmo -que tiene que ver con toda la
historia de Occidente- tuvo como lugar de
existencia esa memoria que se afirmó en
Yabneh. La memoria infatigable de una
historia. Pero la preocupación no era la
mera historia, la preocupaci6n era la ley,
lo que en hebreo se llama la alajah. Es
decir, la obsesión no estaba dada en
recordar los hechos, sino en recordar por
qué los hechos habían ocurrido y qué
enseñanza dejaban estos hechos o a partir de
qué concepciones -para usar un término
moderno- se producían esos hechos. La alajab
no es simplemente una serie de normas
externas, “la ley” en el sentido de una
imposición. Alajah viene de otra palabra
hebrea, alaj, que quiere decir camino en el
mismo sentido de la “vía” para algunas
religiones, el “tao”. Lo que preocupa es qué
camino se sigue; qué conducta se sostiene
ante la vida. La historia como acumulación
de datos tal vez tenga poca relevancia,
porque la simple acumulación de datos no
enseña nada. Sólo la manera de ver la
historia, sólo la manera de ver los datos,
nos puede dar algún sentido en nuestra
existencia.
La memoria está
construida por cosas que se recuerdan, pero
necesariamente también está construida por
cosas que se olvidan. No hay posibilidad de
recordarlo todo y si se recuerda todo es
porque no se ha valorado qué recordar: se
vuelve una simple acumulación de datos no
significativos. Toda memoria está construida
por olvidos, pero saber qué olvidar -y aquí
interviene la ética- es saber qué recordar.
Quisiera
relacionar esto con el tema que nos convoca:
la comunicación. ¿Qué es esto de la
comunicación?, ¿qué tiene que ver con la
memoria? La comunicación puede ser vista,
digamos, “desde arriba” o “desde abajo”. Si
es vista desde arriba, desde un sentido
trascendente, uno puede pensar en esta
necesaria forma de ser de los seres humanos
por la cual comparten cosas con sus
semejantes. El concepto de comunicar como
una manera de transferir algo a otro, o de
transmitir algo a otro, es una construcción
más o menos reciente, aunque la palabra
comunicar sea muy antigua. Los diccionarios
etimológicos la hacen aparecer allá por el
año 1000, es decir que hace mil años que se
está usando. Pero en algún tiempo quería
decir otra cosa: comunicar se decía al acto
de “comulgar”. Comunicar era “poner en
común”, lo que no significa simplemente
“transmitir algo al otro”, sino vivir algo
con el otro. No es repartir, no es mi
pensamiento que se distribuye, sino que es
la coincidencia en una presencia, en una
manera de existir en el mundo.
Ésta es la
manera “alta” de ver la comunicación. La
manera “baja”, para establecer una analogía
topográfica, es la más difundida: la
comunicación como el uso de determinados
instrumentos para transmitir algo. Si la
visión “desde arriba” tiene como pregunta
central “¿por qué las cosas significan?”, en
la visión “desde abajo” esta pregunta se
sustituye por otra: “¿cómo se comunica?”. Ya
no es por qué significan, sino cómo
significan a partir de estructuras de
comunicación que se vinculan necesariamente
a formas técnicas. Desde la mirada que
llamamos “desde arriba”, la comunicación
constituye un problema ontológico, alude a
lo esencialmente humano; la comunicación
“por abajo” restringe sus preguntas al puro
espacio de lo instrumental. Si comunicar es
poner en común, tal vez tengamos que poner
en duda si lo que habitualmente se llama
“comunicación” es comunicar o es otra cosa.
La educación
también admite algunas reflexiones a partir
de su etimología. El término educar viene de
ducere, que quiere decir conducir. E-ducere,
según dicen los diccionarios, es sacar
afuera, conducir hacia afuera. Si educar es
sacar afuera, aparece una pregunta nada
fácil: ¿sacar afuera qué? Decir que educar
es sacar afuera implica que hay algo
adentro, porque ¿cómo se saca algo afuera si
no hay algo adentro? Se supone la existencia
de algo previo que el educador conduce hacia
afuera del educando. ¿Y qué tenemos
adentro?, ¿realmente hay algo adentro?
Contra la idea más frecuente, educar es
sacar algo y no poner algo.
Ciertas teorías
indican que los seres humanos sólo somos lo
que vamos aprendiendo, es decir, somos sólo
receptores. El niño sería como una especie
de hueco inmenso que después se va llenando.
En la tradición judía se dice que cada ser
humano nace conociendo todo el contenido de
los libros sagrados, pero en el momento en
que nace, un ángel lo toca con un dedo, o lo
besa, y olvida todo. La vida es un largo
esfuerzo por recordar lo que en realidad ya
sabía. Este mito es provocador; educare,
quizá, es sacar afuera todo aquello que ya
estaba pero que se había olvidado.
Si
simplificáramos los extremos, podríamos
señalar que hay dos maneras de pensar a los
seres humanos: una, considerarlos un vacío,
como un disco de memoria electrónica sólo
condicionado por estructuras biológicas
hereditarias. A esa memoria tenemos que
“formarla” con señales emitidas desde el
exterior. Entre el ser humano y la máquina
sólo mediaría la distancia entre mecanismos
de complejidades diferentes.
La otra manera
de pensar los seres humanos dentro de la
simplificación imaginada es asignarles un
“algo” desde su nacimiento que, para usar un
término frecuente, podríamos llamar “alma”.
Es menos importante definir el significado
de “alma” que afirmar que en los hombres hay
algo. Un algo inexplicable que hace a los
seres humanos, que nos empuja a preguntarnos
por lo que somos. Si hay algo que nos
habita, en lo cual nosotros estamos
incluidos y que nos trasciende, tal vez
educar sea la forma de sacar ese algo. Un
“algo” que podría ser un alma y que como tal
tiene algo de absoluto. Pero ¿cómo sacar el
absoluto si por definición es inabarcable,
misterioso?
Voy a intentar
aproximar algunos términos: trabajar sobre
algo que es antes de lo que nosotros hacemos
de ese algo, condiciona la forma de la
educación, de este sacar afuera. Y si el
esfuerzo consiste en sacar afuera algo que
es inagotable porque está impregnado de
absoluto, la educación se confunde con el
camino. Educar sería, fundamentalmente,
ayudar a transitar el camino que permita
extraer algo que ya somos. Si aceptamos que
todos los seres humanos somos iguales, cabe
preguntarnos: ¿en qué somos iguales?, ¿en
qué todos somos “discos” de memoria o en qué
todos somos parte de un absoluto? Y si todos
los seres somos iguales en este último
sentido, educar debería ser la forma de
“conducir afuera” lo intransferible de cada
uno que, al mismo tiempo, permite reconocer
al otro, compartir con el otro su
irreductible diferencia.
Hablar en estos
términos nos pone en una situación
complicada porque tal vez nos exigiría
pensar todo de nuevo: la educación y la
comunicación. ¿Cómo pensar todo de nuevo con
nuestras precarias fuerzas? Sin embargo, a
veces me pregunto si el esfuerzo de pensar
todo de nuevo no es lo único que podemos
hacer para no sentir que todo está perdido.
Pensar de nuevo no es una mera cuestión de
cambiar de rumbo: reunirnos, resolver, hacer
una plataforma electoral, ir a elecciones,
ganar unos diputados. No. Estoy hablando en
otro sentido y de un trabajo infinito. Tal
vez el pensar de nuevo es no dejar de hacer
lo que estamos haciendo (porque no podemos
dejar de hacerlo) pero tomar distancia con
lo que hacemos: pensar qué estamos haciendo
y no sólo cómo lo hacemos mejor.
Hay gente que
cree que estamos en el mejor de los mundos;
obviamente esta invitación no tiene sentido
para ellos. En cambio, para los que nos
sentimos mal con el mundo tal cual es, si no
pensáramos que realmente existe otra
posibilidad, la desdicha sería absoluta.
Pensar todo de nuevo, en ese sentido, es un
gesto de optimismo.
Existe otra
actitud que parece tranquilizante y que, en
realidad, expresa un radical pesimismo. Es
la de aquellos que olvidan el presente
mediante la pura alusión al pasado o la
previsión del futuro. La academia se siente
cómoda preparando el porvenir. Difícilmente
se ve a sí misma en el medio de la tormenta.
La educación, por ejemplo, siempre parece
trabajar para el futuro. Con frecuencia no
se percibe que entre el hoy y el mañana no
hay solución de continuidad y que el futuro
está presente en nuestro presente. Apostar
al futuro es una forma de eludir nuestra
propia existencia. Sólo somos responsables
de nuestro vivir actual. Nadie puede
suplantarnos. Nuestra responsabilidad con el
futuro se realiza, únicamente, en la
actualidad.
Quisiera
detenerme un poco en la idea de futuro que
parece justificar toda acción, todo
proyecto. Pareciera que trabajamos para un
futuro que no tiene que ver con nosotros.
Nada nos justifica, sin embargo, sino
nuestro presente. Rigurosamente, nadie
trabaja para el futuro. En realidad la idea
de trabajar para el futuro es una
construcción del pensamiento mercantil, en
el que domina el concepto de acumulación.
Rigurosamente,
desde nosotros mismos, no existe más que el
presente. Es lo único que podemos (y en un
sentido fuerte debemos): ser ahora. El mundo
será como nosotros somos. No hay distancia
entre lo que será el mundo y nuestro ser
actual en el mundo. La responsabilidad de
nuestro vivir es casi absoluta. Este orden
de ideas no tiene nada de tranquilizante.
Estimula, por el contrario, la inquietante
certidumbre de que nuestra conducta, nuestro
hacer, no es separable de nuestro pensar.
Educar es, en
consecuencia, posibilitar el ser. Esta
proposición -nada original por otra parte-
se opone a la idea dominante en nuestra
época de “llenar un hueco” que, en el
espacio de la comunicación, tiene como
equivalente la idea de transmitir algo a
alguien de la manera más veloz, “sin ruido”.
Tanto en educación como en comunicación se
trata de llenar algo, de transmitir
información. La educación y la comunicación
en la percepción actual sería la manera de
“instrumentalizar la transmisión de
información”, que a veces se nombra como la
instrumentalización de la transmisión del
saber. Aquí surge otro problema derivado de
cierta confusión entre saber e información.
Se ha ido constituyendo la idea de que el
que está informado es el que sabe. Pero ¿el
saber es estar informado? Hay una distancia
enorme entre el estar informado y el saber,
si el saber es algo más que la posesión de
los elementos necesarios para actuar de una
determinada manera prefijada. Una máquina
para que funcione tiene que estar bien
informada, en el sentido de “informada
exactamente”. Es decir, tiene que estar
formada de una manera tal que pueda
responder a las acciones previstas. Aun para
que las máquinas elaboren decisiones -porque
también las elaboran- tienen que saber bien
hacia dónde conducen esas decisiones. Las
máquinas que procesan información están en
condiciones de tomar decisiones a una
velocidad mucho mayor de lo que los propios
seres vivos pueden hacerlo. Pero lo hacen,
siempre, a partir de un objetivo prefijado.
En el film 2001, odisea en el espacio el
“cerebro” de la máquina tenía un objetivo
para cumplir. Si para eso tenía que
modificar la marcha del cohete, la
modificaba, y si tenía que eliminar a los
seres humanos que estaban ahí, los
eliminaba. Lo que importaba era el objetivo.
Toda máquina puede tomar decisiones, pero en
función de un objetivo.
¿Cuál es el
objetivo de la educación? ¿Los hombres
tienen un objetivo? ¿Sabemos de antemano lo
que tiene que ser cada uno? O los hombres,
sustancialmente, tienen sentido en el
buscar, sólo buscar. En realidad, no saben
adónde llegar, pero no van para cualquier
lado. Hay sólo el camino, que es un camino
de búsqueda, lo que vamos a encontrar en el
camino es lo que no puede ser previsto. Es
decir, no tenemos un punto de llegada,
tenemos un puro andar. La existencia es el
sentido que se le otorga a esa búsqueda.
Hace poco
participé en Tandil de una reunión sobre
comunicación y educación a la que asistían
numerosos maestros y me sorprendió que nadie
hablaba de alfabetizar, cuando en mi
imaginario -tal vez muy antiguo, un poco
anacrónico- de lo único que se hablaba en
todas las reuniones de educación era de cómo
alfabetizar. Más aún, toda la tecnología
educativa surgió para ver cómo alfabetizar
más rápido y más eficazmente. Entonces
trataba de darme explicaciones: tal vez ya
no es un problema o se plantean otras
prioridades. Alguna forma de respuesta me la
ofreció la persistencia de algunas
afirmaciones en el sentido de que la
educación se mimetiza, se fusiona, con el
concepto de comunicación. Se recordó que en
una reciente reunión los ministros de
Educación de América latina habían
coincidido en darle prioridad al tema de la
comunicación. Algunos estudiosos de la
comunicación presentes en Tandil se
entusiasmaron: “Se está tomando conciencia
de la importancia de la comunicación”. Yo me
preguntaba -en una actitud seguramente poco
simpática y con el afán de poner obstáculos
que nos permitan reflexionar- si la
comunicación no estaría reemplazando a la
alfabetización como la forma contemporánea
de integrarnos al sistema dominante (la ley
de educación en Argentina, explícitamente,
tenía ese propósito). La voz de orden de
nuestra renovada modernidad es “comunicar”.
En la escuela, sea pensando en los medios
masivos de comunicación o en la forma de la
relación entre los actores del proceso
educativo; en las empresas, en el sentido
cibernético de procurar las condiciones
óptimas para la toma de decisiones. Ya se
sabe la importancia de la administración.
La gestión de
una empresa (una empresa puede ser también
un Estado; cada vez más el Estado es pensado
como una empresa) privilegia, cada vez más,
la participación de los agentes en la toma
de decisiones intermedias. Para los que hace
algunos años el tema de las comunicaciones
se centraba en la lucha por la
participación, esta nueva conducta de la
empresa puede generar fuertes ilusiones.
Podemos decir que ya todos participan, pero
¿participan en qué? La comunicación entre
los distintos estamentos, para que todo
funcione correctamente, de acuerdo con
objetivos prefijados. La comunicación para
que el nuevo modelo productivo que rige en
el mundo sea verdaderamente eficaz. La
eficacia como principio rector de las
sociedades. La comunicación puede cumplir
hoy, en ese sentido, el papel de la
alfabetización hace cien años. Comunicación,
información, procesamiento de la
información, toma de decisiones. Tomas de
decisiones que, insisto, apuntan a un
objetivo prefijado. La toma de decisiones no
es la libertad de elegir; es el
perfeccionamiento de un proyecto ya
determinado. Solamente hay libertad cuando
uno puede señalar el objetivo. Pero es obvio
que ni en una empresa ni en un Estado las
tomas de decisiones parciales podrían
apuntar a un sentido que no sea aquél ya
determinado previamente. Es decir que esta
ilusión de la toma de decisiones puede bien
ser la forma más insinuante, la forma más
amable, de eliminar las pequeñas libertades
que tal vez podía tener el sujeto que se
sabía oprimido. ¿Qué quiero decir con esto?
Saber que se está oprimido es también
reconocer que hay un opresor. Cuando la
opresión es asumida por cada uno, porque nos
consideramos parte de un único engranaje,
parte de una única máquina, esa opresión no
es reconocida y entonces estamos al borde,
en los límites (o ya adentro) de esta forma
total de negación de la libertad que es el
totalitarismo. El totalitarismo no es la
opresión reconocida, el totalitarismo es la
aceptación voluntaria de todos de un mismo
modelo. El 1984 de George Orwell es un buen
ejemplo. Si ustedes recuerdan, la
resistencia en la novela de Orwell no es
castigada, sino que se trataba de integrar
al resistente al modelo global, a que
aceptara el modelo global. Por eso el que se
resiste en la novela de Orwell primero tiene
que incluirse en el modelo y después, recién
después, es eliminado. Lo podrían haber
eliminado mucho antes, pero si lo mataban
quedaba la huella de la diferencia; de lo
que se trataba es de que todos estemos
incluidos. Después la muerte es un hecho
fortuito.
Cuando todo es
información, cuando todo es una pura
transmisión de datos que nos transforma en
conductores y en nódulos, es decir,
conductores y, a su vez, difusores de una
información determinada; cuando la
comunicación se vuelve interacción y cuando
esta interacción se lleva al infinito,
cuando la interacción es una especie de
malla que nos va envolviendo, nuestro lugar
en el mundo queda reducido a recibir
información y pasar información. Al fin y al
cabo, y al margen del respeto que me merece,
no es muy diferente lo que se pensaba en la
famosa Escuela de Palo Alto. La idea de que
el ser humano es un puro elemento de
recepción y transmisión de información rige
buena parte de los estudios actuales sobre
el conocimiento y la psicología, que se
inspiran en las teorías cognitivas. Cuando
todo es información, cuando todo se resuelve
en la horizontalidad de las redes, todo se
vuelve trivial, porque todo son meros datos.
El futuro, en
este sentido, es hoy. Ya vivimos lo que va a
pasar, ya nos está pasando: la pérdida del
peso de las palabras. El mundo informatizado
tiene un principio rector: la eficacia; y un
objetivo imperial: la economía. Rápidamente
ha dejado de ser pecado el afirmar que la
educación tiene que estar al servicio de un
sistema productivo. Pecado es decir lo otro:
nuestro cuestionamiento es por lo menos
anacrónico, casi subversivo.
La existencia,
a partir de la información generalizada como
aspiración última, se vuelve trivial. Cuando
digo trivial lo opongo a un existir
sustentado en alguna forma de trascendencia.
Si cualquier palabra da lo mismo, significa
que nos declaramos irresponsables de
nuestras palabras. Es el triunfo de la
trivialidad. Las hacemos triviales para no
responsabilizarnos. Nadie pide disculpas,
estamos, diría Discépolo, en el
“cambalache”. Yo quiero insistir en que el
tono de esta charla entre nosotros no surge
de un nuevo cuerpo teórico. En estas
jornadas-taller desearía enfatizar el
momento “taller”, el trabajo de reconocernos
para profundizar en lo que nos está pasando.
Tal vez este ejercicio del pensar nos ayude
a ver la magnitud de los hechos que han
avanzado mucho más de lo que nos
imaginábamos.
El mundo visto
como un mero intercambio de información es
el imperio de la trivialidad; el abandono de
las jerarquías morales impone el imperio de
“todo da lo mismo”. Pero cuando “todo da lo
mismo”, en realidad “nada vale”. Estamos ahí
en las fronteras del nihilismo, de la nada,
de la exaltación de la nada. De la negación
de nosotros como seres portadores de algo
absoluto, o sea, exactamente lo contrario de
la nada.
Señalar esta
trivialización cuando el mal también se hace
trivial es nuestra tarea más importante. Es
la peor forma del mal, el mal trivial no es
una forma inferiorizada del mal absoluto.
Todo lo contrario: es el mal absoluto
actuando de la manera más intensa. Cuando no
se percibe manifiestamente, cuando el mal se
expresa sin seres endemoniados que hagan el
mal, cuando adquiere la forma de los hechos
cotidianos, técnicamente necesarios, el
riesgo es mayúsculo. Una de las maneras en
que actúa esta trivialización, o sea, el
mal, se reconoce en la dificultad de pensar
en estas cosas, en la mirada piadosa que
acompaña a quienes se aventuran por estas
zonas. En el inminente riesgo al ridículo
que se debe afrontar. George Steiner
escribió un hermoso libro, Presencias
reales, para afrontar el ridículo de creer
que en las palabras hay algo. Yo creo que
este ridículo puede ser tal vez el origen de
un reconocimiento de nosotros mismos, de un
reconocimiento con los otros. Pero, para que
nos reconozcamos a nosotros mismos y para
reconocer a otros, cada sí mismo y cada otro
tiene que ser un absoluto. No hay
reconocimiento entre elementos de una
máquina. Entre elementos de una máquina hay
interconexión, hay órdenes que se reciben y
que se emiten. El reconocimiento, este
comunicar que es comunión, poner en común,
solamente se puede dar si cada uno logra
“educar”, sacar afuera, ese sentido
trascendente que hace digna la existencia.
(1993)
Extraído de
Rolando, Leticia. Taller de discurso
científico II. UNLaM. 2001