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Por Héctor J. Héreter
hhereter@yahoo.com
Si preguntamos cuál fue el arma
más poderosa con que contaban los terroristas para lograr su objetivo de
paralizar al país más poderoso de toda la historia, muchas personas contestan
rápidamente que las navajas para abrir cajas de cartón o “box-cutters”. Pero la
realidad es que estos instrumentos tan solo fueron una parte mínima que
sirvieron para apoderarse de los aviones que luego se convertirían en misiles de
alto poder en contra de las torres gemelas y el Pentágono. La verdadera arma fue
la propia televisión que transmitió las terrorífica imágenes de segundo avión
estrellándose contra la torre sur y el subsecuente desplome de ellas.
Los profesionales de los medios
de comunicación, entre ellos los expertos en relaciones públicas, concuerdan en
decir que los seguidores del Osama bin Landen montaron el más grande “show” que
jamás ha presenciado la humanidad, con terroríficas imágenes transmitidas al
segundo alrededor del mundo. Aunque aún no ha sido científicamente cuantificado,
nos suponemos que la porción adulta de los cinco mil millones de habitantes de
este planeta fueron testigos directos de los ataques o por lo menos tuvieron la
oportunidad de verlo repetidas veces en diferido.
Si consideramos que un programa
articulado y efectivo de relaciones públicas tiene como propósito de transmitir
un mensaje sobre una empresa sin inventir grandes sumas de dinero en publicidad,
pues vemos que con menos de $500,000 la organización de Al-Qeada, logró su
objetivo a plenitud al paralizar a la nación más poderosa en la historia de la
humanidad.
Todo el ataque fue coriografiado
de manera matemática para que las cámaras de televisión, e incluso los
aficionados con sus cámaras personales, fuesen testigos electrónicos que nos
proporsionasen cada ángulo de los ataques. Los visuales que vimos en nuestras
pantallas de televisión superaron incluso cualquier película con un presupuesto
súper millonario para efectos especiales.
Es muy interesante el hecho de
que el segundo avión que se estrelló contra la torre sur, el vuelo 175 de United
Airlines, partió de aeropuerto Logan de Boston, un minuto antes que el vuelo 11
de American Airlines, el primero en estrellarse a las 8:45 de la mañana de ese
fatídico martes. Los 18 minutos de diferencia entre UA 175 y el AA 11, es el
tiempo suficiente para que todas las cámaras de las cadenas de televisión
estuviesen enfocadas en la torres. El primer avión en estrellarse sirvió de
anzuelo; el segundo la confirmación de que se trataba de un ataque terrorista.
El vuelo de anzuelo era
comandado por Mohamed Atta, el líder de los 19 terroristas. Algo que no tenía
ningún sentido militar, ya que el último en sacrificarse es el comandante de la
tropa. Eso me dio la pista que el objetivo inicial era asegurarse que por lo
menos un avión lograse su cometido
Es espeluznante analizar como
estos actos siguieron al pie de la letra las directrices de los expertos en
relaciones públicas que aconsejan a grandes empresas cómo mitigar una crisis
comunicacional. Pues los terroristas utilizaron los mismos consejos a la
inversa, en vez de mitigar la crisis la crearon.
Al-Qeada estudió cada paso
minuciosamente de cómo trabajan los medios de comunicación norteamericanos
quienes fueron utilizados a la saciedad por los terroristas para llegar a su
objetivo principal: terror. Desde el secuestrar los aviones, estrellarlos en sus
objetivos, asegurarse que los pasajeros a bordo de la naves llamasen con sus
celulares a sus familiares y hasta el testamento que dejó Mohamed Atta, todos
perseguían el mismo propósito: que el mensaje llegase a todo el mundo. Y así
fue.
Aunque desde antes del 11 de
septiembre se presentía el gran poder de los medios de comunicación, luego de
esta fecha no queda la menor duda de ello. Militarmente los ataques no lograron
mayor cosa, en comparación con otro hecho parecido como lo fue el ataque
perpetrado por la armada japonesa 7 de diciembre de 1941 que casi initulizó la
flota norteamericana asignada en el Pacífico anclada en Peal Harbor. El
propósito de estos fundamentalistas del Islam era no sólo destruir las grandes
moles del World Trade Center, sino entrar a nuestras siques creando pánico.
El presidente John F. Kennedy,
dijo de manera profética poco antes de morir asesinado, que “las guerras del
futuro no se pelearán en los campos de batalla, sino por el control de la mente
de la gente”. Y que mejor manera que a través de los medios de comunicación que
tienen el poder de transmitir la información al instante.
El sociólogo canadiense,
Marshall McLuham, quien sentó las bases del estudio serio de los medios, dijo en
su libro “La Galaxia de Guttenmberg” que los mismos no sólo son las extensiones
de nuestra visión y oídos, sino también de nuestra imaginación, y aquel que
logre capturar la imaginación coletiva tiene el arma más poderosa en sus manos,
aún mayor que la propia bomba atómica.
Y si comparamos los ataques del
11 de septiembre, tuvieron el mismo poder que una de estas bombas, ya que
lograron paralizar a Estados Unidos, con secuelas que aún hoy estamos midiendo y
sintiendo.
La tragedia catapultó el
ejercicio de emanar mensajes a través de los medios a niveles ni siquiera
soñados por sus propios praticantes. Profesionales en las relaciones públicas,
tanto locales como norteamericanos, se quejan de que las empresas no valorizan
el verdadero poder que tiene esta nueva disciplina. Muchos empresarios
consideran a las relaciones públicas como una gastadera de dinero que su única
funsión es coordinar fiestas de Navidad para clientes o inundar los periódicos
con notas de prensa que a nadie le interesa, que sólo cumplen el propósito de
inflar el ego de la alta gerencia.
Leonard Saffir, en su libro
“Power Public Relations; How to Get PR Work for You” señala que “muchos
empresarios no han calibrado aún el verdadero potencial de esta disciplina. Pero
aquellos que sí usan esta disciplina gozan de una amplia ventaja sobre aquellos
que la descartan”.
Las relaciones públicas han
venido madurándose durante los últimos años, y me atrevería decir que el 11 de
septiembre fue un brinco forzado de juventud a edad adulta.
Crisis anteriores ya habían dado
un tónica de lo que se convirtiría al transcurrir dos décadas, desde el caso del
envenamiento con cianuro de varias tabletas de Tylenol; el derrame de Exxon
Valdez; la tragedia causada en Bhopal, India, por una planta química de Dow
Chemical, los implantes de seno también de una subsidiaria de Dow; la
contratación de la agencia Hill &Knowlton por el gobierno de Kuwait a fin de
promover la acción militar norteamericana en contra de Iraq, han sido muestras
feacientes de que las Relaciones Públicas ya no se pueden dejar al azar o en
manos inexpertas.
Virgil Scudder, presidente de su
propia agencia, Scudder and Associates en Nueva York, afirma que “la crisis
termina o comienza con el propio presidente de la empresa o del país, y la
función primaria y esencial de este líder es responder a la demanda del público
por una explicación o dirección sobre los pasos a seguir. La tecnología actual
que nos capacita de enviar mensajes a la velocidad de nanosegudos ha
acostumbrado al público a recibir las respuesta a esa misma velocidad; somos una
sociedad de receptores impacientes”
Y ciertamente que el pueblo
norteamericano, y posiblemente el resto del mundo occidental, el 11 de
septiembre buscaba a líderes capaces de manejar una serie de eventos que se
monstraban apocalíticamente amenazantes. Alguien quien supo convertir esta
crisis en oportunidad fue el alcalde de Nueva York, Rudolph Julianni. De líder
municipal creció a figura internacional: primera vez en la historia de la
Naciones Unidas que un alcalde habla ante la Asamblea General y es condecorado
por la Reina Isabel de Inglaterra con una orden de Caballero de la Corte.
En menos de 24 horas de los
ataques a las torres gemelas se sucitó otra crisis, que antes de esta fecha
hubiese ocupado sólo las páginas de sucesos de los periódicos de la localidad,
pero ante el grado de sensibilidad que padecía el país pudo haberse convertido
en un desastre para una gran empresa de autobuses.
El ataque perpetrado a una
guagua de Greyhound cerca de Nashville, Tenesí, donde un demente intentó degoyar
el conductor y al perder éste el control del vehículo terminó volteádose
mantando a 10 de sus ocupantes.
En menos de dos horas de
sucedido el incidente, los voceros de la empresa estaban en comunicación con las
principales cadenas de televisión informado cada detalle de lo sucedido. Cuatro
horas luego el propio CEO de Greyhound se presentaba ante la periodistas de
Washington en el National Press Club Building para aclarar todas las dudas y
conjeturas que se hicieron asociando este hecho con lo ocurrido en el World
Trade Center.
A las pocas horas el suceso fue
olvidado por el público. Y ese es otra de la oportunidades que emerge a través
del buen manejo de una crisis; por medio de un esfuerzo articulado de relaciones
públicas se emita una respuesta rápida y certera a fin de esquivar el problema y
evitar que escale a mayores proporciones.
En este mundo actual donde
existen cámaras por doquier; la imágenes son vista al mismo tiempo eventos en
pleno desarrollo; los periodistas son menos complacientes y más agresivos con
los portavoces; donde la abalancha de información a través del internet en
consecutiva e infrenable, cuando los periódicos a fin de prevalecer ante los
medios electrónicos que transmiten las noticias al instante deben ser más
analíticos, interpretativos y hasta críticos, las relaciones públicas han dejado
de ser un instrumento que se utiliza sólo para promocionar un producto nuevo o
escoger los regalos que se repartirán en la fiesta de Navidad.
De instrumento pasó a ser una
arma muy poderosa, sino lo creen así pregúntele a Osama Bin Laden.
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