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Por Víctor Malumián(*)
La realidad se revela inabarcable ante las
diversas lecturas teóricas. Los estudios de
audiencias reconocen la imposibilidad de
analizar por completo los efectos que se
producen en la recepción de los mensajes; se
limitan a marcar tendencias. Bajo la mirada
del materialismo histórico, el sistema
capitalista genera nuevas necesidades de
consumo, nos aliena al mismo tiempo que crea
una relación fetichista hacia las nuevas
mercancías que se configuran dentro del
mercado con la apariencia de indispensables
para nuestro devenir. El ropero o un baúl
pueden ser el muestrario de la influencia
que ejerció la publicidad o la presión de un
discurso social que incitaba a una
determinada práctica de consumo.
Quizá, el celular sea emblemático a modo de
ejemplo, aunque ni los jeans ni las bebidas
como la Sprite tienen una mirada ingenua
sobre el problema. La versión que se difunde
desde los revitalizadores del mercado es
distinta. Los publicistas nos explican que
ellos no crean necesidades, simplemente
crean dependencia o fidelidad hacia las
marcas que promocionan al aprovechar
necesidades preexistentes. Ellos transforman
la necesidad en deseo, de la necesidad de
hidratarse al deseo de una marca de agua
mineral o una gaseosa. De la publicidad como
exponente de nuevos productos a la
saturación visual de Coca-Cola un aviso en
la vía pública cada un minuto. Explotan la
extendida práctica del consumo
indiscriminado como válvula de escape de las
presiones sociales generadas por las
visiones estéticas que marcan la diferencia
entre pertenencia o exclusión. Manipulan la
satisfacción de las necesidades
preexistentes con nuevos productos que
aseguran sólo un tipo fugaz de satisfacción.
Así, se puede observar en las series
importadas como los adolescentes estresados
concurren en rebaño al shopping para liberar
sus nervios.
Genealogía de la
sociedad de Mercado
La era de la industrialización trasladó el
costo de la extracción de la materia prima a
la producción. La clase obrera creció hasta
consolidarse como actor social poderoso y
llevó adelante diversas reivindicaciones por
mejoras salariales y reducciones en la
jornada laboral. La máquina y el
neoliberalismo, que no duermen ni se quejan,
saldaron el problema que representó en
costos dichas mejoras. Ford patentó su línea
de montaje donde se reducía el tiempo muerto
o improductivo y el capitalismo se encausó
hacia otra etapa sin más problemas.
En la actualidad, el sistema se ha
terciarizado. Este fenómeno se desarrolla de
forma paralela en dos vías, por un lado, las
grandes empresas en busca de reducir costos
destinan la producción hacia terceros
“especializados” en mano de obra barata.
Como anverso necesario, en los países
centrales el énfasis en la producción
material ha decaído, y se concentra el flujo
productivo en la comercialización del
producto, su diseño y su distribución. Las
marcas de las empresas multinacionales
venden, por encima de los productos, estilos
de vida y personalidades. La marca es el
nuevo producto de exportación, no el objeto
físico. De esta manera, las grandes
corporaciones que producen en países
asiáticos o latinoamericanos sus productos
de “primera línea” pero mantienen el
desarrollo de su diseño y la
comercialización de la marca en el país de
origen
Llamame ahora
La comunicación humana no es un proceso que
nace con la llamada sociedad de la
información junto a sus redes y flujos de
gigabytes; somos humanos porque nos
comunicamos, porque construimos nuestro
mundo en el lenguaje, que es el orden en el
que nos integramos al otro. En el estado de
las cosas actual, pareciera sin embargo que
la comunicación es una sola y alcanza un
sólo nivel. La difundida visión que nos
insita a vivir el momento y olvidarnos de
aquello que está por venir, es la misma que
nos invita a comunicarnos en todo momento,
como si eso fuera deseable o posible.
La pantalla televisiva muestra jóvenes
bailando aturdidos por la música,
convulsionando sus cuerpos al golpeteo
rítmico de los parlantes; el dogma de
mercado dice: ese momento debe ser
comunicado. Como la música impide cualquier
diálogo el joven desenfunda su celular y
envía un mensaje de texto a la señorita que
se retuerce a pocos metros. La comunicación
se ha concretado, ella sonríe.
En otra escena, una pareja observa la
majestuosidad del paisaje de la Puna salteña
pero juzga esa experiencia insuficiente y
decide llamar por teléfono a la Capital
Federal para compartir el momento con un
tercero y así vivirlo de forma intensa. El
último de los discursos se transmite
emplazado en un formato radial donde un
joven le envía una foto del menú del
restaurante al otro joven que está en camino
para que gane tiempo en la elección de su
comida.
Debemos tomar en cuenta dos características,
la publicidad como género intentó mostrar
una falencia en nuestras vidas y a
continuación la solución correctamente
empaquetada junto a la dirección donde
podíamos adquirirla. En segundo término
cuando hablamos de jóvenes no necesariamente
está determinado por la edad. La categoría
joven es una posición ideológica frente a la
política y al devenir social. La juventud es
entendida como una característica más
cercana a una pose ideológica que a la edad
biológica, la rebeldía frente a la
aceptación. No olvidemos que el concepto de
juventud es una construcción moderna de
fines del siglo XIX que ha mutando
simbólicamente a medida que evolucionó el
capitalismo.
En el primer discurso encontramos a un
individuo que se ve impedido de comunicarse
verbalmente y aprovecha las bondades del
producto para hacerlo mediante los mensajes
de texto. En el segundo discurso se muestra
el insoslayable deseo de comunicarse en el
medio de la Puna para transmitir la emoción
del momento; el tercer discurso se basa en
la bondad del producto le ahorra tiempo a su
dueño mediante el envío de un menú por foto.
Las situaciones descriptas, más allá de su
dudoso verosímil, plantean al menos dos
cuestiones insoslayables, la primera decanta
ante el sentido común del lector, ¿eso es la
comunicación? ¿Decir aquello que dicta la
espontaneidad del momento es comunicarse?
Jackobson se revuelca en su tumba. No es
deseable ni necesario comunicarse en todo
momento, sólo imaginen las implicaciones en
la vida cotidiana si comunicáramos todo lo
que cruza nuestra mente, no habría relación
que aguante.
La segunda cuestión muestra una sociedad
narcisista donde se es lo que se muestra y
se muestra lo que se es. No es un juego de
palabras odioso de las Ciencias Sociales
como diría Alain Sokal, es una lógica donde
se intenta esconder las falencias detrás de
la pompa que se exhibe. Nos acercamos a la
idea de que un celular o una marca hable por
mí, si yo uso bebo Sprite no me importa lo
que piensan los demás, si fumo determinados
cigarrillos puedo ser cool, si fumo otros
sofisticado o rudo. Dependiendo de la marca
que elija puedo acercarme a un estilo
Metrosexual o cuidadosamente desalineado
como Vicentino.
Tampoco es casualidad que el reconocimiento
hacia ciertas clases sociales haya mutado de
la posibilidad de tener un automóvil a poder
lucir zapatillas llamativas acompañadas de
un celular que suena con un tono similar a
la macarena. El producto no se vende desde
sus bondades o atributos; es un hecho cada
vez más evidente. Las publicidades de
Movistar muestran una mujer dentro de una
pileta y el slogan “llamame ahora”, como si
eso fuera posible... o necesario. Las
características del celular pasan a un
segundo plano, se vende una identidad, no un
producto. Los nuevos aires acondicionados de
LG no se venden porque aclimaten el ambiente
sino porque decoran y tienen estilo.
La vieja lógica publicitaria de
ruptura-falencia-solución ha caducado, la
mercancía se vuelve secundaria y lo que se
vende es una personalidad, un estilo, un
status social, una forma de cubrir las
falencias que hacen al ideal de vida
burguesa del capitalismo financiero.
Masificados en
segmentos
En las sociedades modernas conviven procesos
de masificación en aparente paradoja con
procesos de segmentación cultural. Una
primera segmentación se da por
inclusión/exclusión a partir de la capacidad
adquisitiva del sujeto. Aquellos que pueden
comprar el derecho a la salud, el derecho a
libre expresión y la libertad de mercado, y
aquellos que sólo pueden anhelarlo. La
libertad sin opciones es un regalo del
diablo diría Noam Chomsky. El segmento de
los incluidos, cada vez más reducido, se
vuelve a diversificar con una nueva división
en grupos por edades, sexo, ingresos
económicos, nivel económico y cultural, con
el fin de catalogar a los públicos para una
venta más efectiva de la industria cultural
y sus derivados, llámese películas, libros o
lugares de encuentro.
Aquellos incluidos dentro del segmento ABC1
son masificados hacia ciertas prácticas
culturales que en su uso mismo los definen,
así como capas de menor poder adquisitivo se
auto-revindican bajo otras prácticas
sociales que los unen al borrar la
especificidad del individuo. Un claro
ejemplo es cuando el gesto que reprime una
clase se vuelve estigma, ergo ya que me han
catalogado sin posibilidad de cambio, me
vuelvo orgulloso de ser chorro.
Otra operación de homogenización la realiza
Benetton cuando logra hacer de su
multiculturalismo un arma de venta en
cualquier sector del mundo. La publicidad no
se adapta al medio o la región, la absorbe
borrando las peculiaridades conflictivas y
la devuelve con una operación que invierte
el respeto por la oportunidad de venta.
El proceso de individualización está
relacionado con el estilo, la marca o la
personalidad, lo muestra una reciente
publicidad de accesorios para autos bajo el
slogan los accesorios hacen la personalidad,
cuando en realidad los accesorios son
accesorios en cuanto se dan naturalmente
como consecuencia de una personalidad
definida. Pareciera que la publicidad
inspira, ante la falta de personalidad, a
fabricarse una a partir de los accesorios de
un producto o del producto mismo y en otro
nivel por los usos de un estrato social o la
explotación de las crisis relacionadas a la
edad. Los procesos de masificación
encarados, en parte, por la industria
publicitaria, se vinculan con la necesidad
casi primaria del individuo a integrarse.
El mismo estilo que lo diferencia es el
límite a la especificidad del individuo, lo
marca como pasivo de ser reconocido, en
cambio el exceso de estilo conlleva a la
marginación. Aquello que no se comprende cae
en la tendencia a la segregación represiva.
Se asemeja a un comentario de Beatriz Sarlo
en cuanto al concepto de tácticas que
propone Michel De Certau, uno puede recorrer
diferentes caminos del que le propone el
mercado, pero esos caminos ya han sido
tomados en cuenta por el capitalismo.
Entonces el individuo puede diferenciarse
del consumo sugerido pero hasta cierto
punto, al cruzar ese límite deja de ser
original para ser marginal.
A nuestro auxilio acude el fundamento
publicitario que propone mediar esta
masificación intercalando pequeños detalles,
como explica la propaganda de celulares
“diferenciate por tu ring ton”, porque
también existe el otro polo y si no se logra
un equilibrio y se masifica por completo
pierde el carácter personal y tampoco es
reconocido.
Pareciera que la publicidad inserta la idea
de hablarle al individuo, lo interpela
personalmente, cuando en realidad interpela
a todos en masa y al mismo tiempo. Entonces
se articulan dos líneas, por un lado, el
sujeto se ve interpelado a comprar algo
porque todos lo hacen, podría resumirse en
una motivación en la aceptación, por otro
lado, la publicidad le dice que está
decidiendo comprar el producto porque es muy
inteligente y capaz de separar cualquier
influencia foránea. Aquel que piensa que no
es influido por pensamiento alguno, es el
más alienado de todos, no toma conciencia de
la influencia que se ejerce sobre él. Las
supuestas decisiones personales carecen de
sentido cuando el individuo nota que todos
poseen el mismo peinado, el mismo celular
con colores y que saca fotos abrochado al
mismo tipo de jean.
Quizá, el fenómeno más interesante que
produce la publicidad es la cooptación de
grupos antagónicos a sus fines. No es
extraño ver como se trivializa a los grupos
que marcan su pertenencia por un profundo
desprecio por la estética imperante al
vender accesorios o colores que marcan su
pertenencia. Estos productos al
popularizarse destruyen automáticamente una
parte fundamental del grupo. Un claro
ejemplo es la estética post-punk, neo
hippie, gótica o las remeras de los grupos
de música que se declaran en contra del
capitalismo que son vendidas en cadenas de
locales que explotan a sus empleados pagando
magros sueldos por excesivas horas detrás de
un mostrador. Hoy es posible comprar el
espíritu combativo del Che estampado en
remeras y gorras. Bienvenido a aquel que se
articula como potencial representante de una
oposición, hoy puede ser aceptado con gusto
como consumidor de remeras y gorros –de esta
forma se destruye bajo un supuesto halo
democrático–.
La pregunta que resta es ¿Contra quién
despotricamos cuando decimos el mercado nos
está homogenizando?
Víctor Malumián, es
Editor de la Revista "Esperando a Godot"
www.godot.323.com.ar
Publicación creada por profesores y
estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
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