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Al Plan de Comunicación de Crisis a menudo se le atribuyen
requisitos propios de la Administración de Crisis, de la cual forma parte junto
a otros planes operativos específicos.
Existen razones para tal confusión, las cuales es necesario distinguir para una
mejor comprensión, no sólo en beneficio de las acciones ante una crisis, sino
que del rol de la comunicación empresarial e institucional.
El primer motivo podría ser que el objetivo general del Plan de Comunicación de
Crisis es exactamente el mismo que el de la Administración de Crisis: recuperar
la normalidad de las operaciones propias de la empresa o institución, al más
breve plazo posible, con el fin de asegurar la continuidad de las actividades,
resguardando el patrimonio de imagen corporativa y reputación de la
organización.
Si bien el objetivo es idéntico, las responsabilidades de la Administración de
Crisis y del Plan de Comunicación son muy diferentes, y el equipo de este último
está al servicio del primero.
Otra razón que podría fundar la confusión, es el hecho que el Plan de
Comunicación se activa casi simultáneamente con la constitución del Equipo de
Administración de Crisis y, también, es el último plan que se desmoviliza, lo
que ocurre incluso mucho tiempo después que la empresa o institución da por
cerrada la crisis.
Esto es así, porque, en términos generales, un acontecimiento por muy negativo
que sea para la empresa o institución, si no despierta el interés de los medios
de comunicación masiva, carece de la componente esencial para representar una
crisis, pues estimular el interés de la sociedad y enfrentar la exigencia de dar
explicaciones por ciertas situaciones son, a nuestro juicio, ingredientes
indispensables para definir un estado de crisis.
De este modo, el Plan de Comunicación de Crisis se transforma en una especie de
capullo que cobija a la empresa o institución en la adversidad, sin ser el
principal generador de las decisiones. Y esto, porque es el único Plan que
engloba a todos los demás y se transforma en la plataforma de la "cara visible"
tanto interna como externamente, asignándosele un protagonismo superior que a la
larga sólo confunde.
Esta propiedad, por llamarla de algún modo, radica en la transversalidad de la
gestión comunicacional en cualquier cuerpo vivo, biológico o social. Esta
característica, frecuentemente, presenta al responsable de las comunicaciones
como "hacedor" de los mismos hechos que está encargado de difundir. Algo similar
ocurre con el Plan de Comunicación de Crisis.
No es raro encontrarse con profesionales encargados de desarrollar otros planes
específicos de apoyo al de Administración de Crisis, que confunden su camino y
creen tener la responsabilidad de gestionar las comunicaciones, cuando en
realidad deben atender las emergencias, la recuperación de equipos o la
protección de vidas humanas, etc.
Al "estresar" una situación, poniéndola en estado de crisis, bajo cualquier
punto de vista, se le resalta a las comunicaciones el valor que siempre tienen
en la comprensión, coordinación y transmisión de instrucciones y órdenes. La
claridad de ideas es primordial en cualquiera de los planes que componen la
Administración de Crisis. Y eso es calidad de las relaciones. Es comunicación.
Es en esas situaciones cuando muchos descubren que "comunicación" no es un
sustantivo, sino que es acción, conductas, comportamientos, procesos, que hacen
posible las relaciones entre las personas, como un verdadero mecanismo de
organización social.
Tal es la confusión, que muchas veces se sugiere que las crisis se administran a
través del Plan de Comunicación. Un equívoco muy seductor para muchos. Sin
embargo, técnicamente no es posible emprender dicha aventura. Un buen Plan de
Comunicación de Crisis, requiere de una "nave madre": el Plan de Administración
de Crisis.
El Plan de Comunicación sólo adquiere peso específico operacional en el contexto
de una administración de crisis. De otro modo, el equipo comunicador deberá ser
revestido de condiciones de omnipresencia imposibles. Se verá al "equipo
comunicador" apagando llamas, dispersando derrames, enfrentado a grupos de
personas, atendiendo heridos, consolando víctimas, etc., lo que en sí mismo no
es censurable, pero que indudablemente no garantiza una gestión eficiente del
aspecto esencial: la comunicación.
Distingo tres grandes razones para desmitificar lo anterior y ellas son que, en
tal caso la constitución del mal llamado equipo "comunicador" es integrado e
incluso dirigido por alguien que no está capacitado ni para administrar ni para
comunicar en un escenario de crisis; segundo, y como consecuencia de lo
anterior, tal equipo no se focaliza en lo comunicacional y, por último, cuando
la estrategia adoptada parece no funcionar, se termina llamando a expertos
externos, no como colaboradores, sino como responsables de una de las tantas
fases de la administración de crisis: manejo de la relación con los medios.
La confusión entre administración y comunicación de crisis nace de la falta de
preparación y carencia de planes, con anterioridad al evento crítico. Y no es
extraño que así suceda, pues conocida es la paradoja (descrita por Mitroff,
Pearson y Harrington) en el sentido de que no es posible entender qué se
necesita hacer en una crisis, a menos que primero comprendamos qué es lo que
necesitamos hacer y tener antes de una crisis.
La existencia del Plan de Administración de Crisis y dentro de éste, entre ortos
de un Plan de Comunicación de Crisis, permite clarificar qué es lo que se
necesita antes de una crisis, es decir, preparar a la empresa o institución para
desenvolverse en los distintos flancos que posiblemente se abrirán una vez
declarada la crisis.
En tal sentido, el equipo comunicador no sólo debe estar integrado por
especialistas de la comunicación, si no que de las personas más preparadas y
creíbles, las cuales pueden provenir de marketing, ventas, operaciones,
contabilidad o cualquier unidad, con la única condición que durante la crisis,
su principal y quizás única responsabilidad estará en las funciones que se les
haya asignado en el equipo encargado de las comunicaciones.
Sin embargo, la presencia de los comunicadores de la organización y de los
expertos externos llamados a colaborar, es de suma importancia en la dirección
de la gestión comunicacional. Esto no quiere decir que ellos deban ser la "cara
visible", si no los que deban hacer prevalecer en cada decisión, en cada acción
y cada evaluación, los criterios comunicacionales claves.
Entre estos podemos mencionar, la trascendencia del primer mensaje, la
preeminencia de la emoción sobre lo racional, la subyugación de la verdad por la
fuerza de los "hechos", y tantos otros que son advertidos sólo por quien posee
la preparación adecuada.
Finalmente, al no existir preparación y por tanto carecer de claridad, se
termina en la solicitud a expertos externos para que se hagan cargo de la
contingencia, especialmente respecto a la relación de los medios de
comunicación. La presencia de expertos externos siempre será recomendable. En mi
opinión, estos asesores deben integrar el grupo crítico de consultas del equipo
de Administración de Crisis, como asistentes en la planificación de acciones y
sus respectivas evaluaciones.
De todo lo anterior, podemos deducir que lo más indicado para enfrentar una
crisis de empresas o instituciones es la preparación, no sólo de planes y
procedimientos, sino de toda la organización, la que debe conocer y, sobre todo,
comprender, las instancias e instrumentos que se utilizarán, en especial lo
referente a las distinciones entre uno y otro.
* Luis Lino T., Periodista chileno titulado en la Universidad Católica del
Norte (UCN), posee el Diploma en Administración de Empresas de la UCN, el
Diploma de Responsabilidad Social Empresarial de la Universidad Católica de
Valparaíso (Vincular y Boston College) y es Magister en Dirección de
Comunicación Empresarial e Institucional de la Universidad Autónoma de
Barcelona. Actualmente es Superintendente de Asuntos Públicos de la División
Norte de Chile de Xstrata Copper.
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