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Por: Justo Villafañe.
El día 11 de marzo, un día después de la
celebración de las Juntas Generales de Accionistas de BBVA y BSCH, toda la
prensa se hacía eco de los buenos resultados económicos de los dos colosos
bancarios españoles y también publicaba otro dato, menos espectacular pero
muy pertinente para la tesis central de este artículo: la diferencia entre
el valor bursátil de uno y otro banco era inferior al uno por ciento.
Entre BBVA
y BSCH, desde antes incluso de sus respectivas fusiones, se libra un feroz
combate por el liderazgo bancario español. Hasta ahora el único concepto de
liderazgo era el que se basaba en las dos variables clásicas: dimensión y
valor bursátil. Ahora, cuando la carrera de ambas entidades financieras por
comprar bancos en Latinoamérica parece que va a acabar en tablas (a una
compra se responde con otra adquisición como ha sucedido recientemente en
México) y dependiendo del valor bursátil del cierre de la última sesión,
parece que el concepto de liderazgo en el sector bancario debería ser
revisado.
La tesis
que hoy vengo a exponer es que frente a las variables clásicas del liderazgo
emerge, cada vez con más fuerza, una nueva condición para ese liderazgo: la
reputación corporativa. Condición, más cercana, además, a la mayoría de los
stakeholders de una corporación (quizá la única excepción sean los
accionistas, aunque cada vez existen nuevas evidencias empíricas que
demuestran más fehacientemente que la reputación mejora los resultados
económico – financieros de las empresas). Las grandes compañías, aquellas
con afán de liderazgo, deberían asumir que, en muchos sectores, el liderazgo
basado en la dimensión o el valor bursátil es un liderazgo efímero y
cambiante. Lo único que permanece es aquello que requiere del tiempo y del
cumplimiento para lograrse. Este es el caso y la naturaleza de la
reputación.
En torno al concepto de reputación
La
reputación corporativa en nada es diferente a cualquier clase de reputación.
Tradicionalmente se empleaba el término para referirse a las personas que en
su profesión o en su vida se caracterizaban por un proceder meritorio, o por
todo lo contrario. Es curioso pero cuando se hablaba de la mala reputación
siempre se apelaba al devenir personal de las personas, mientras que la
buena reputación se asociaba comúnmente a una trayectoria profesional
destacada.
La
definición de la voz reputación en nuestro diccionario resulta muy
ilustrativa en este sentido: opinión acerca de la excelencia de un sujeto
en su profesión o arte. Parece que, salvo las excepciones relativas a
las costumbres de la vida cotidiana, la reputación siempre ha estado unida
al desempeño, al cumplimiento, al comportamiento en una palabra. Pues bien,
la reputación corporativa está íntimamente ligada al comportamiento
corporativo y es consecuencia de él.
La
conceptualización de la noción de reputación no resulta fácil y plantea, al
menos, tres problemas. El primero relativo a la sustancia misma del
concepto: qué es la reputación. En segundo lugar en lo que se refiere a sus
límites, lo que nos introduce una cuestión crucial: qué es imagen y qué es
reputación. En último lugar nos topamos con un problema funcional: cómo se
gestiona la reputación. Revisemos algunos juicios de autoridad.
Para
Charles Fombrun, de la Stern School of Business de New York, la reputación
está asociada siempre a sus stakeholders: es la consecuencia de su
habilidad para relacionarse con ellos, la unión racional y emocional entre
la compañía y sus stakeholders o, también, la imagen neta que éstos
tienen de esa compañía.
Según
Antonio López, director de comunicación e imagen de BBVA –una de las
primeras corporaciones españolas en gestionar su reputación—ésta resulta de
la relación armónica entre la identidad y la imagen corporativas, es decir,
es el resultado de la consolidación de su imagen.
Para Scott
Meyer, CEO de Shandwick International, la reputación es la integración de un
proceso secuencial: imagen, percepción, creencias y carácter. Meyer afirma
que el conocimiento de una corporación atraviesa por esos cuatro estadios y
que cuando la relación con dicha corporación es más profunda entonces es
cuando se capta su carácter, donde reside la fuente de la reputación.
David
Aaker, de la Berkeley University, identifica reputación corporativa con
reputación de marca, atribuyendo ésta a seis factores: conocimiento,
lealtad, percepción de sus cualidades, asociaciones y la cualidad intrínseca
de la marca.
Desde mi
punto de vista concepualizar la reputación corporativa exige una visión
integradora del fenómeno reputacional porque la reputación implica una
triple dimensión. En primer lugar una dimensión axiológica en la que
se encierren los valores culturales de la organización, un planteamiento
ético en su relación con terceros, su responsabilidad con la sociedad. Un
comportamiento corporativo comprometido a lo largo del tiempo con
relación a los clientes, empleados y accionistas, si se trata de una
sociedad cotizada, constituiría la segunda condición de la reputación. Por
último, una actitud proactiva de la organización en la gestión y en
la comunicación de la reputación completaría esta concepción integradora a
la que me refiero.
Un último
aspecto importante relacionado con el concepto de reputación es el que se
refiere a su diferencia con la imagen corporativa. Diferencia sutil en
ocasiones pero diferencia sólida al fin y al cabo. En el siguiente cuadro
trato de esquematizar esas diferencias.
|
IMAGEN CORPORATIVA |
REPUTACIÓN
CORPORATIVA |
|
Carácter coyuntural |
Carácter estructural |
|
Proyecta la
personalidad corporativa |
Proyecta la identidad
corporativa |
|
Genera expectativas |
Genera valor |
|
Resultado de la
excelencia parcial |
Reconocimiento del
comportamiento |
|
Difícil de objetivar |
Permite una evaluación
rigurosa |
El liderazgo reputacional
Muchas e importantes son las ventajas
competitivas que comporta una buena reputación corporativa: mejora los
resultados económicos; aumenta el valor comercial; es un escudo contra las
crisis…, pero sobre todo la reputación corporativa constituye un factor de
liderazgo o, dicho de otra manera, es la base de un nuevo concepto de
liderazgo que ya no se basa en las condiciones clásicas que hasta hace poco
eran exigibles a las organizaciones líderes. Comentaré en primer lugar lo
que podríamos considerar esas ventajas competitivas clásicas de la
reputación para, posteriormente, ocuparme de la reputación como el factor
clave de una nueva concepción del liderazgo.
La reputación mejora los resultados
económicos tal como concluyen numerosas y recientes investigaciones.
Así, según Vergin y Qoronfleh
existe una relación directa entre reputación y valor bursátil. En este
estudio se examinan las tendencias bursátiles de las compañías que integran
las listas de Fortune desde 1983 hasta 1997.
Su análisis refleja que el futuro
comportamiento bursátil de estas compañías está directamente relacionado con
la reputación. La investigación compara a las 10 primeras compañías más
reputadas con las últimas 10 compañías de la lista, resultando que las diez
primeras tienen una capitalización bursátil mayor que las diez últimas.
Durante 13 años, las diez primeras compañías con mejor reputación, muestran
un incremento anual del 20% en el valor de sus acciones. Comprando las
acciones de compañías que disfrutan de buena reputación a un precio más alto
que las acciones de otras compañías los inversores están reconociendo que la
reputación genera futuras ganancias.
Otra
evidencia empírica de la revalorización producida por la reputación nos la
ofrece el Dow Jones Sustaintability Group Index en donde las empresas que
ocupan el top ten superan en un 5.3%, durante el quinquenio 1994-99,
a las mejores empresas del Dow Jones Global Index uno de los índices de
referencia de los mercados financieros.
Otra
ventaja competitiva de la reputación es el aumento del valor comercial
de los productos o servicios por, al menos, tres razones: es un poderoso
factor de diferenciación y una herramienta muy eficaz para combatir el peor
mal de nuestro tiempo que, en lo referente a los mercados, es la
indiferenciación. En segundo lugar la reputación es también un importante
factor de fidelización emocional de los clientes como veremos más adelante
y, por último, eleva el brand equity de manera muy notable si tenemos
en cuenta la influencia en el valor de una marca que, según Interbrand,
tiene cada uno de sus siete componentes.
Componentes del valor de marca según
Interbrand
1. Tipo de
mercado 10%
2. Cobertura
geográfica 25%
3.
Estabilidad 15%
4.
Liderazgo 25%
5.
Tendencia 10%
6.
Apoyo 10%
7. Protección
legal 5%
Si
observamos que los componentes 3, 4 y 5 son factores reputacionales
estaríamos concluyendo que la mitad del brand equity corresponde a la
reputación corporativa de la empresa propietaria de dicha marca.
La tercera
ventaja competitiva asociada a la reputación es su capacidad para
combatir las crisis. En este sentido resulta muy ilustrativa la
información aportada por Charles Fombrun
sobre el efecto que las crisis tienen en términos económicos. Fombrun nos
muestra como ejemplo un estudio de Fortune 500, según el cual la reputación
corporativa inicial de una compañía estaba asociada con su rentabilidad
posterior por encima de la media del sector. Otro estudio sobre 216 empresas
de comportamiento financiero similar reveló que aquellas con una alta
reputación por su compromiso social tenían mejores perspectivas. Finalmente,
un análisis de valor añadido de mercado neto (MVA) entre las Fortune 500
demostró que el índice de reputación Fortune de 1995 estaba asociado
positivamente con el MVA, por encima de la rentabilidad y el coste de
capital de la compañía.
Lograr tales metas no es sencillo. Construir
una sólida reputación exige a las organizaciones cumplir tres condiciones:
sensibilidad organizativa, una gestión proactiva de la reputación y, por
último, un comportamiento corporativo comprometido.
La
sensibilidad organizativa implica, en primer lugar, el establecimiento
de objetivos positivos de reputación. Cumplir con las obligaciones que una
empresa tiene con sus clientes o con sus empleados no aporta reputación, lo
que sí lo hace es cumplir aquellas metas que vayan más allá de lo obligado,
de lo pactado, y se conviertan en una evidencia objetiva de la excelencia
empresarial. La sensibilidad corporativa requiere, en segundo lugar,
eliminar riesgos para la reputación.
Gestionar proactivamente la reputación significa introducirla en el
management empresarial, igual que se ha hecho, por ejemplo con la
calidad. La reputación es algo que se logra globalmente o no se logra, por
eso no se puede circunscribir a políticas concretas –comercial o RRHH—sino
que exige una implantación multinivel y la adopción de una estrategia
integral de gestión.
La tercer
condición para la formación del capital reputacional de una corporación es
tener un comportamiento corporativo comprometido y eso sólo se
consigue cuando los resultados de las políticas funcionales de una empresa
(comercial, financiera, de producto…) están por encima, aunque sea un poco,
de los estándares sectoriales.
Evaluar la reputación, evaluar el
liderazgo: El Merco
A medida
que el liderazgo reputacional vaya desplazando a esa otra concepción clásica
de liderazgo –basada en el valor bursátil y la dimensión—los procedimientos
y metodologías para evaluar y medir la reputación cobrarán cada vez más
importancia como sucede en Estados Unidos donde la aparición anual del
ranking de Fortune, por ejemplo, despierta una gran expectación entre
los medios periodísticos y empresariales y sus resultados influyen, cada vez
más, en los mercados de valores. En España la evaluación de la reputación ha
cobrado carta de naturaleza a principios del año 2000 con la aparición del
primer Merco (Monitor Español
de Reputación Corporativa).
El Merco
es el resultado de un proyecto de investigación universitaria surgido en el
seno de mi cátedra y que ha sido posible gracias a la alianza estratégica
firmada con Análisis & Investigación, el instituto responsable del trabajo
de campo y con el diario Cinco Días, el medio que difunde los diferentes
rankings del monitor.
La visión
de la reputación del Merco queda expresada a través de su ‘árbol de
variables’:
1.
Resultados económico-financieros.
2.
Calidad del producto / servicio.
3.
Cultura corporativa y calidad laboral.
4.
Ética y responsabilidad social corporativa.
5.
Dimensión global y presencia internacional.
6.
Innovación.
Los
criterios de selección de las variables y el peso otorgado a cada una de
ellas en Indice de Reputación Corporativa resultante, el cual constituye la
base para elaborar el ranking definitivo del Merco, tienen una
notable importancia porque, como he dicho, ahí se encierra la visión sobre
la reputación que el monitor va a implantar. ¿Qué peso le damos, por
ejemplo, a los resultados económicos en la reputación corporativa? ¿Cuál al
trato a los empleados, la innovación o al valor comercial?.
El Merco
parte de una visión amplia de la reputación, reuniendo como variables de
primer nivel (cada una de las 6 anteriores se descompone en otras de segundo
y tercer nivel) aquellos factores empresariales que podrían identificarse
con los requisitos imprescindibles para el liderazgo reputacional, algo así
como las condiciones del nuevo liderazgo empresarial.
Antes de
concluir quiero describir, aunque sea sucintamente, la metodología del Merco
porque desde mi punto de vista contiene una variación importante en relación
a cualquier otro monitor existente: la posibilidad de diferenciar imagen y
reputación corporativas. Me explicaré.
En la
metodología del Merco, la primera etapa consiste en la elaboración de una
gran encuesta de opinión entre directivos de empresas que facturan más de
10.000 millones/año. Nuestros directivos, al ser preguntados por las
empresas que consideran más reputadas, consignan el nombre de éstas en la
encuesta y apuntan los dos factores reputacionales en función de los cuales
dichas empresas gozan de esa consideración. Hasta ahí no hay ninguna
diferencia respecto a lo que hace Fortune u otros monitores. Sin embargo, me
permito hacer notar al lector que el ranking resultante de esta
encuesta sería un ranking de imagen corporativa y no de reputación,
porque aunque los directivos suelen ser personas informadas, en muchas
ocasiones cuando seleccionan las empresas más reputadas no están en
disposición de comprobar si los factores reputacionales que les atribuyen
existen en la realidad corporativa de esas empresas.
Para
optimizar sus resultados y diferenciar imagen y reputación, el Merco incluye
dos evaluaciones suplementarias. En primer lugar, y una vez que los
directivos han respondido a la pregunta de carácter general sobre cuáles con
las organizaciones más reputadas en cualquier sector de actividad, son
preguntados específicamente por las dos empresas más reputadas en su sector,
ya que se entiende que ahí sí, que en el propio sector la información de la
que un directivo dispone sobre sus competidores es más que suficiente como
para poder basar su juicio sobre la reputación en hechos sólidos.
Existe
todavía una tercera y definitiva evaluación: la evaluación técnica de las 50
primeras empresas que aparecen en el ranking provisional del Merco.
Este ranking, que no se publica y cuyos resultados se guardan
celosamente para evitar filtraciones, es el resultado de procesar la
información de la citada encuesta de opinión a directivos.
Una vez
que se han obtenido las empresas que ocupan sus 50 primeros lugares, el
equipo técnico del Merco se pone en contacto con cada una de dichas empresas
para concertar la ‘evaluación técnica’, que implica la realización in
situ de un cuestionario por un técnico del Merco, el análisis de
diversas fuentes secundarias y la entrevista por ese técnico a algunos
directivos de cada una de esas 50 primeras empresas. Por último, se elabora
la media entre las tres evaluaciones –general, sectorial y técnica—y se
halla el Indice de Reputación Corporativa que, como ya he dicho, constituye
el instrumento para construir el Merco que, finalmente, es publicado. Como
el lector comprobará, distinguir entre la imagen y la reputación no es algo
sencillo pero aquí esta la clave de nuestro monitor: el Merco sí evalúa la
reputación corporativa.
FUENTE: http://www.ucm.es/
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